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5.6.10

Cuchillo en la piel

Marina Loux
La brisa refresca los apretujados callejones del barrio judío. Una mujer examina con deleite el escaparate del mejor espadero de Toledo. La manga de su camisa apenas oculta una marca, rojo oscuro, que recorre su antebrazo cual estrella fugaz. Adentro, oculto en la penumbra del taller, un hombre estudia su rostro y sus expresiones involuntarias: el brillo de los ojos cortado por el filo gris plata de su mejor cuchillo; la lengua, rosada y caprichosa, que asoma entre sus labios alborozada. Atornillado a esa mirada, deja las herramientas a un lado, se quita el pesado delantal de cuero, y apoya su cuerpo en la vitrina. La mujer lo ha visto, pero regresa a la inspección de aquel lujurioso surtido de instrumentos de corte. Vuelve a enfocar la mirada sobre aquel cuchillo que la ha fascinado, y deja que la atraviese un estremecimiento; lo disfruta. Él descifra la señal en el brazo y siente la certeza del reconocimiento cosquilleando en su nuca; entonces sabe.
La luz del atardecer besa los tejados de la catedral y luego cae, perpendicular, sobre esa superficie casi transparente escindida en dos por una línea roja. La piel de la mujer se eriza y expande al contacto con la acerada hoja del cuchillo, que en la mano experta del herrero va trazando complejos arabescos, estelas sonrosadas que al poco desaparecen. Finalmente brota una gota de sangre, minúscula; ella la recoge en la punta de su dedo índice y la ofrece a la temblorosa boca del artesano.

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