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15.4.10

Beodo

José Angel Barrueco
El borracho entró en su casa a las 5 de la madrugada. Una vez desnudo y en el dormitorio, se deslizó entre las sábanas y, a pesar de la cogorza, se le puso dura al notar la proximidad de su mujer dormida. Ella, además, estaba en cueros. Empezó a masajear sus senos y a sobarle el clítoris y a lamerlo, sin hacer ruidos para no despertarla. El mareo derivado de la bebida lo hizo abandonar esas maniobras. Y entonces se dio cuenta de su frialdad. Le palpó el cuello: su mujer estaba muerta. Aún a oscuras, le abrió las piernas y empezó el fornicio. Tras eyacular encima, orinó sobre los senos, entre otras depravaciones. Al recuperar el resuello, dio la luz. Aquello no era su mujer: ni viva ni muerta. Lo que se había tirado era una muñeca de látex, una reproducción perfecta del cuerpo humano: con humedad en sus cavidades y sensaciones de piel al tacto. En ese instante se abrió la puerta del armario empotrado: y allí estaba su esposa, recreándose en la trampa, con un revólver apuntándole al pecho. La mujer dijo:
-Hijoputa, ya te tengo. Siempre he sabido que me escondías tus perversiones. Pero ahora te vas a enterar: yo también quiero follarme a un cadáver.
Y apretó el gatillo.

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